Entendiendo la procrastinación

By Francisco Sáez • 06 Junio, 2011

Si bien la palabra procrastinar parece un anglicismo importado, lo cierto es que procede del latín (pro-, diferir, crastinus, el día siguiente) y está recogida en el diccionario de la Real Academia Española como sinónimo de diferir, aplazar.

El fenómeno de la procrastinación (sí, también existe esta palabra) empezó a ser estudiado por filósofos, psicólogos y economistas a partir de que George Akerlof escribiera en 1991 un ensayo titulado Procrastination and Obedience (“Procrastinación y obediencia”). A través de su propia experiencia—estuvo varios meses meses retrasando cada día, de forma incomprensible, una tarea que tenía que realizar—Akerlof se dio cuenta de que este fenómeno, más allá de ser un mal hábito, sobrepasaba los límites de la racionalidad (1).

Según los académicos, la procrastinación tiene lugar, no cuando decides dejar algo para mañana, sino cuando lo haces a sabiendas de que será perjudicial y va contra ti mismo. Ahí está el punto de irracionalidad. Procrastinar incide negativamente en nuestra moral, aumenta nuestro estrés y, en definitiva, no nos hace más felices.

Es curioso como ni la inteligencia ni el nivel de estudios o conocimientos de las personas son factores determinantes para procrastinar menos. Desde un punto de vista económico, se percibe un beneficio muy superior en hacer las tareas de hoy, lo que nos lleva a posponer las tareas del futuro una y otra vez, hasta que es demasiado tarde. Dicho de otro modo, parece ser que la causa principal está en una tendencia social reciente a prestar más atención a aquello que es actual, vigente.

Cada decisión incorrecta—cada vez que elegimos aplazar—supone una pequeña pérdida (en términos generales, no sólo económicos), pero la acumulación de estos errores en el tiempo pueden suponer grandes pérdidas al final. Y las consecuencias pueden ser muy importantes. Akerlof muestra varios ejemplos significativos: personas que viven su vejez en la pobreza porque no supieron ahorrar en su momento, personas con problemas y enfermedades por abuso de sustancias que no supieron dejar, y empresas que fracasan porque los proyectos ni se empiezan si se terminan cuando es debido.

Se trata de un debate abierto y un tanto controvertido. Hay opiniones para todos los gustos e incluso hay quien no lo percibe como algo negativo. En mi opinión, la procrastinación es un gran enemigo de la productividad y las personas que tienen este comportamiento de forma habitual no aprovechan en absoluto su potencial. Y me temo que soy uno de ellos.

1 The New Yorker: Later. What does procrastination tell us about ourselves?

Sobre el autor

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Francisco Sáez (@franciscojsaez) es el fundador y CEO de FacileThings. Es también un desarrollador web especializado en Ruby on Rails, al que le apasionan la productividad personal y el GTD como medios para lograr una vida mejor.

2 comentarios hasta ahora

Robert Sánchez
Comentado hace casi 3 años

Que la procrastinación es uno de los grandes enemigos de la productividad ya está más que demostrado, y no creo que hayan opiniones en contra de ello.
Ahora bien, desde que he empezado a interesarme por el tema cada vez tengo más la sensación de que tal vez no deberíamos considerar la procrastinación como un hábito, ya sea bueno o malo... Me explico. Creo que el acto de procrastinar es algo natural e innato en el ser humano, por lo que muchas veces intentar no hacerlo se convierte en una lucha diaria. Algunos lo consiguen, pero en cuanto bajas la guardia vuelves a caer. ¿No será que es algo intrínseco en nosotros? Me da la sensación de que combatir la procrastinación hasta querer eliminarla por completo podría convertirse en una guerra eterna.
Aquí hay mucho debate :)

Un saludo!!

Francisco Sáez
Comentado hace casi 3 años

He leído alguna opinión sobre lo positiva que puede ser la procrastinación en entornos donde es necesaria una gran creatividad, aunque no las comparto, porque en ese caso creo que no se trataría de procrastinación, propiamente dicha.
Estoy totalmente de acuerdo contigo en que es algo natural e inherente en las personas, aunque no deja de ser curioso. Creo que, como tu dices, hay que tratar de minimizarla entendiendo que es parte de nosotros, sin llegar al extremo. Es un mal hábito con el que hay que aprender a convivir.

Muchas gracias, Robert. Un placer tenerte por aquí.

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