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Trabaja a un ritmo natural: El segundo principio de Slow Productivity y su conexión con GTD

AUTOR: María Sáez
tags Sin Estrés Trabajo y Vida Organizar Reflexionar Perspectiva

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Trabaja a un ritmo natural: El segundo principio de Slow Productivity y su conexión con GTD

Tras explorar hacer menos cosas, el primer principio de Slow Productivity, de Cal Newport, hoy nos adentramos en el segundo: trabajar a un ritmo natural. Un principio que cuestiona una de las creencias más arraigadas en la cultura laboral moderna: que más horas y mayor intensidad constante equivalen a mejores resultados.

Newport describe este segundo principio de la siguiente manera:

“No tengas prisa con tu trabajo más importante. En lugar de eso, deja que se desarrolle a lo largo de un calendario sostenible, con variaciones de intensidad, en entornos propicios para la excelencia.”

Los seres humanos no somos máquinas. No estamos diseñados para mantener un nivel de intensidad constante e implacable día tras día, semana tras semana. Sin embargo, la cultura del trabajo del conocimiento nos empuja precisamente en esa dirección.

¿Cómo hemos llegado hasta aquí?

Para entender por qué necesitamos recuperar un ritmo natural de trabajo, Newport nos propone un viaje en el tiempo. Imagina a nuestros ancestros cazadores-recolectores: su día no consistía en ocho horas ininterrumpidas de caza. Había momentos de esfuerzo intenso (perseguir a la presa, recolectar frutos en un lugar lejano) seguidos de largos periodos junto al fuego, contando historias, descansando. El trabajo era duro cuando tocaba, sí, pero nadie esperaba que mantuvieras el mismo nivel de intensidad desde que salía el sol hasta que se ocultaba.

Con la llegada de la agricultura, este patrón se mantuvo, solo que a una escala temporal diferente. Los agricultores vivían al ritmo de las estaciones. Primavera significaba arar y sembrar; jornadas agotadoras, levantarse antes del alba, cada minuto contaba. Luego venía el verano, con sus tareas de mantenimiento, un ritmo más pausado. Y la cosecha de otoño volvía a ser frenética: había que recoger todo antes de que llegaran las heladas. Pero después, el invierno traía consigo un respiro natural. Nadie miraba mal a un agricultor por trabajar menos en enero. Era lo lógico, lo natural. Las estaciones marcaban el compás.

La Revolución Industrial rompió este equilibrio milenario. De repente, el ritmo lo marcaban las máquinas, no las estaciones ni los ciclos naturales del cuerpo humano. Las fábricas necesitaban operar de forma constante y predecible. Los trabajadores se convirtieron, en cierto modo, en extensiones de esas máquinas. En ese entorno tan deshumanizado, la sociedad reconoció que era necesario proteger a los trabajadores. Aparecieron leyes que limitaban las jornadas laborales, que garantizaban descansos, que establecían vacaciones obligatorias.

Llegamos a nuestros días, al mundo del trabajo del conocimiento, y resulta que hemos perdido todas esas protecciones. Newport lo describe como la “fábrica invisible”: un lugar donde no hay horarios claros, donde el trabajo puede filtrarse en cada rincón de tu vida. ¿Un email a las 11 de la noche? Normal. ¿Revisar Slack durante el fin de semana? Por supuesto. ¿Pensar en ese proyecto pendiente mientras intentas cenar con tu familia? Inevitable.

Como escribe Newport, el trabajo del conocimiento quedó libre para “colonizar gran parte de nuestro tiempo, de la mañana a la noche, los fines de semana y las vacaciones, y todo lo que pudiéramos soportar, dejándonos pocas opciones más allá del agotamiento, la renuncia o la dejación cuando la carga de trabajo era exagerada”.

La ironía es brutal: los trabajadores de fábrica del siglo XIX tenían más protección contra el trabajo incesante que nosotros, con nuestros títulos universitarios y nuestras sillas ergonómicas. Y eso es, precisamente, lo que este segundo principio de Slow Productivity viene a cuestionar.

Por qué trabajar a intensidad constante es contraproducente

La intuición nos dice que más horas de trabajo equivalen a más resultados. Parece lógico: si trabajas 50 horas produces más que si trabajas 40, ¿verdad? Pues no. La ciencia ha demostrado que esta creencia es un espejismo peligroso.

El economista John Pencavel, de la Universidad de Stanford, realizó un estudio fascinante analizando datos de trabajadores en fábricas de municiones durante la Primera Guerra Mundial. En este contexto la productividad se podía medir con precisión absoluta (unidades de munición producidas) y la demanda era infinita (era tiempo de guerra, necesitaban toda la munición posible). No había excusas ni factores confusos.

Los resultados fueron reveladores: la productividad por hora comienza a caer en picado cuando se superan las 50 horas semanales. Después de 55 horas, la caída es tan pronunciada que trabajar más resulta prácticamente inútil. Y aquí viene lo más sorprendente: quienes trabajaban 70 horas semanales producían lo mismo, o incluso menos, que quienes trabajaban 55 horas. Esas 15 horas extra no aportaban absolutamente nada.

Como describe Pencavel, es un “efecto altamente no lineal”. Añadir cinco horas cuando ya llevas 48 horas trabajadas tiene consecuencias completamente distintas a añadirlas cuando llevas 35. No es una simple cuestión de cansancio acumulativo; hay un punto de inflexión donde el rendimiento cognitivo se desploma.

Estudios más recientes han confirmado estos hallazgos en entornos de trabajo del conocimiento. Una investigación publicada en el Journal of Occupational Health demostró que trabajar más de 40 horas semanales se correlaciona significativamente con el burnout, y este efecto se intensifica dramáticamente al superar las 60 horas semanales. Los equipos con altos niveles de burnout muestran entre un 18% y un 20% menos de productividad.

De estos estudio se puede deducir que trabajar sin cesar y con intensidad constante:

  • Nos aleja de nuestra naturaleza fundamental como seres que necesitan ciclos de esfuerzo y recuperación
  • Genera infelicidad y burnout con todas sus consecuencias para la salud física y mental
  • Desde una perspectiva puramente económica, nos impide alcanzar nuestro máximo potencial productivo

Trabajar con una intensidad incesante es artificial e insostenible. La prisa constante no solo es enemiga de nuestra salud y bienestar; también es enemiga de la calidad y, paradójicamente, de la productividad real.

Cómo implementar el ritmo natural: estrategias prácticas

Newport proporciona una serie de estrategias concretas para reducir las prisas, aprovechar la estacionalidad del trabajo, y recuperar un ritmo de trabajo más humano. La mayoría son más fáciles de implementar si trabajas por tu cuenta que si trabajas para una empresa, aunque existen trucos para llevarlas a cabo dentro de un entorno corporativo.

Este es un pequeño resumen de sus propuestas, aunque te recomiendo leer el libro si quieres profundizar en ellas:

  1. Traza un plan a cinco años. Definir una visión en un horizonte temporal amplio ayudará a que te mantengas firme en tus compromisos, pero también te dará tranquilidad en los periodos en los que el progreso es más lento.
  2. Duplica las estimaciones de tiempo de tus proyectos. Los humanos somos notoriamente malos estimando el tiempo que requieren las tareas cognitivas. Si tienes tiempo más que suficiente, tu ritmo de trabajo será más natural.
  3. No satures tu calendario laboral. Trata de no dedicar más de la mitad de tu jornada a reuniones o llamadas, y bloquea el resto del tiempo para tus proyectos más importantes.
  4. Programa temporadas más relajadas. Intercala proyectos de poca intensidad entre proyectos más intensos para disfrutar del trabajo más relevante sin quemarte. Si puedes, incluye escapadas temporales entre grandes proyectos.
  5. Abraza la “pequeña estacionalidad”. También puedes variar la intensidad de tu esfuerzo en periodos cortos para trabajar a un ritmo más natural. Algunos ejemplos: dedica un día a la semana (¿lunes?) al trabajo profundo, sin interrupciones; reserva una tarde al mes para ir al cine o hacer algo que te guste; tómate un par de días de ocio después de finalizar un proyecto intenso; trabaja en ciclos de 6 u 8 semanas más intensos seguidos de un par de semanas más relajados, etc.
  6. Crea un espacio de trabajo propicio. El entorno importa. Tu lugar de trabajo no es solo una colección de muebles, puede transformar tu realidad cognitiva. Adáptalo a la naturaleza de tu trabajo. Si trabajas desde casa, encuentra lugares cerca de tu casa donde cambiar el ritmo de trabajo.
  7. Crea rituales que señalicen diferentes modos de trabajo. Ir a desayunar una cafetería antes de empezar una jornada de trabajo profundo, dar un paseo por el campo antes de empezar a escribir, etc.

La conexión con GTD

El segundo principio de Slow Productivity puede complementar perfectamente la metodología GTD. GTD te ayuda a capturar y organizar todo lo que compite por tu atención, asegurándote de que nada se pierda y que te enfocas en lo más importante a cada momento. Slow Productivity te ayuda a decidir el ritmo al que ejecutas esas acciones organizadas.

Los horizontes de enfoque más elevados de GTD (perspectiva), el propósito y la visión, te permiten trazar planes a largo plazo, algo totalmente necesario para poder introducir descansos o desvíos sin sentirte culpable. El tener una visión clara a largo plazo también te permite programar las temporadas con diferente ritmo de trabajo que propone Newport.

La concepción única del calendario de GTD, un recipiente en el que sólo se deben poner acciones obligatorias, te ayuda a simplificar tu jornada laboral.

GTD ya contempla que no todas las acciones requieren el mismo tipo de energía, y respeta tus ciclos de energía natural. Si marcas las tareas con la energía que requieren, podrás centrarte en las menos exigentes cuando estés en un periodo de relajación.

La Revisión Semanal es el momento perfecto para implementar variaciones estacionales. ¿Has tenido una semana intensa? Quizás la siguiente debería tener un ritmo más pausado.

El camino hacia el trabajo significativo

Como dice una antigua sabiduría de Lao Tzu que Newport cita en su obra: “La naturaleza no tiene prisa, pero todo se logra.”

Trabajar a un ritmo natural no significa ser perezoso o carecer de ambición. Significa reconocer que los grandes logros se construyen mediante la acumulación constante de resultados modestos a lo largo del tiempo. Este camino es largo, y necesitas ritmo para recorrerlo sin agotarte.

En el próximo artículo exploraremos el tercer y último principio de Slow Productivity: “obsesiónate con la calidad”. Descubriremos cómo este principio actúa como el adhesivo que une toda la filosofía y la convierte en una fuente de significado, no solo de sostenibilidad.

Mientras tanto, te invitamos a reflexionar: ¿Cuál es tu ritmo natural? ¿Qué pequeñas estacionalidades podrías introducir en tu semana? ¿Qué proyecto importante necesita más tiempo del que le estás dando?

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María Sáez

María es licenciada en Bellas Artes, y trabaja en FacileThings creando contenidos digitales educativos sobre la metodología Getting Things Done y la aplicación FacileThings.

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